Indira
IES AXULAR
SANTURTZI (Vizcaya/Bizkaia)

Pobre, Pobre...

3 Diciembre 2007 09:09
Es Don Isidro un señor de alta estatura. También destacan su gran barba y sus ojos azules claros, que pasan desapercibidos por los hondos surcos que los rodean. Su rostro, ya marcado por los años, deja ver a un hombre solitario, triste, nostálgico; ya que pocas veces ha esbozado una sonrisa.
Su aspecto es bastante desaliñado. En cuanto a su vestimenta hay poco que decir: chaqueta gris, pantalones grises, zapatos grises, gris, gris, gris... como todo lo que le rodea. Por otra parte, el canoso pelo ha empezado a dejar al descubierto la piel antes resguardada y las arrugas ya forman gran parte de su consumido cuerpo.

Este pobre hombre todos los días se sienta junto a la ventana de su vacío cuarto y allí sentado, espera. Espera que la sombría oscuridad se lo lleve, como otra sombra más, pues su familia no esta allí para cuidarlo. Se acuesta con el miedo a no volverse a despertar y a que nadie se dé cuenta; total, ¿Quién lo iba a echar de menos?

Le han dado a entender que tiene una nieta de parte de su hijo, con el que hace años que no se habla. Le gustaría verle la carita, leerle cuentos o abrazarla simplemente, pero no se atreve a acercarse, por el miedo a un segundo rechazo. También le gustaría que, de vez en cuando, la gente no saliese corriendo cuando coincidiera con él en el rellano.
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gabriel egido, IES AXULAR | 16 Diciembre 2007 00:37
De esa manera evitaban tener que hablar con él, no sabía que fuese una persona tan desagradable ni tan pesada. Había trabajado como contable durante toda su vida en la misma empresa. Nunca había ganado un gran salario y tampoco nunca le habían pagado las horas extras que tenía que trabajar de más todos los días.

Tenía una familia que mantener, dos hijos que sacar adelante a los que adoraba, un niño y una niña que eran su mayor ilusión en la vida. Recordaba con nostalgia cuando se reunía toda la familia para celebrar la tradicional fiesta de Navidad. Nunca habían tenido demasiadas cosas y sus hijos tampoco habían tenido muchas veces los juguetes que deseaban, pero se querían y eran felices. El amor que se tenían sustituía todas las demás carencias, o eso creía él. Puede que sus niños no hubiesen tenido a veces lo que pedían en Navidad pero nunca les había faltado un juguete, aunque para dárselo el y su esposa tuviesen que privarse de muchas cosas. Sus hijos siempre habían sido lo primero para ambos.

Sin embargo trabajar en aquella empresa tantos años le había servido para colocar en la misma a sus dos hijos y no precisamente como contables. La chica era Secretaria de Dirección y su valía y buen hacer fue pronto notado por alguno de los Altos Ejecutivos de la empresa que la convirtió en su asistente personal. Alicia, ese era su nombre, nunca se había casado, viajaba por todo el mundo y tenía un nivel de vida impresionante.

Hector, su hijo, estudio Marketing y Dirección de Empresas, siempre fue un chico muy brillante en sus estudios y pronto le hicieron socio de la empresa, también viajaba mucho pero menos que su hermana, si bien estaba separado de su esposa le había dado tiempo a tener una hija, su única nieta, a la que ni siquiera conocía por foto.

No sabía muy bien como había llegado a la absoluta soledad en la que se encontraba. Hacía años que no veía a sus hijos, sabía que tenía una nieta pero ni siquiera la conocía. ¿Como había llegado a esta situación? ¿Cuando había perdido el contacto con aquellos a los que mas amaba? desde que perdió a su mujer, a su compañera de vida todo había venido solo.

No encontraba una razón, una explicación meramente lógica. Simplemente sucedió, se dio cuenta de que a sus hijos a los que llamaba de vez en cuando les molestaban sus llamadas, siempre estaban ocupados, ni siquiera se molestaban en disimular su malestar, lo notaba en su voz y en sus contestaciones. Por la misma razón dejo de visitarles, ya que ellos apenas venía a verle, hasta que dejaron de hacerlo definitivamente. Avivó un poco el fuego de la chimenea pues el frio era intenso y se calentó un poco las manos heladas antes de dirigirse a la cocina donde el agradable olor que salía del horno le indicaba que su cena estaba lista...Su ultima cena.

Llevaba tiempo pensando en el suicidio, cada día le parecía mejor opción, su vida no tenía valor para nadie, tampoco ningún sentido ya.... Debía haber hecho algo realmente malo en el pasado, algo que no lograba recordar y este era su castigo.
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UNAI, IES AXULAR | 6 Enero 2008 17:53
Don Isidro cada día salía a la calle con su vestimenta grisácea que reflejaba sus pocas ganas de vivir y su lúgubre vida. Cada noche se metía entre las sábanas de su apenas amueblado cuarto, con la esperanza de que los tenues rayos atraídos por el amanecer le trajeran alguna esperanza de su tardía felicidad.
El sabía muy bien qué era lo que le traería aquella sensación, y tampoco era difícil de llevar acabo. Para ello solo tenía que intentar contactar con su único hijo aunque las esperanzas de reconciliación fueran casi nulas. Llevaba años sin saber nada de su hijo y más aun de su nieta, a la que no había visto desde su segundo cumpleaños. Casi había olvidado su carita y su dulce voz. Los pocos recuerdos que le quedaban se aferraban al tiempo intentando que los días no los borrasen, ya que eran lo único que le mantenía en vida y no pensaba en el frío suicidio. Cada noche se metía en la cama soñando estar bajo el cálido fuego que una pequeña chimenea despide mientras su nieta está sentada sobre sus muslos a la vez que oye algunas de sus vivencias juveniles. Don Isidro vivía en esta rutina con la ilusión de que alguna vez saldría de aquella oscura y difícil situación que lo atormentaba.
Aquel día Isidro salió de casa como siempre, pero aquella mañana no sería como las demás ni mucho menos. Mientras se dirigía a su lugar de trabajo oyó unos lloros que provenían del otro lado de la calle. Isidro corroído por la intriga se adentró en el callejón de donde salía el sonido. Una vez dentro se encontró con una imagen muy estremecedora y tierna, una niña se encontraba recostada contra la pared llorando desconsoladamente con el fin de encontrar ayuda.
Isidro la cogió en brazos, su olor le resultaba conocido y decidió llevarla a casa para intentar buscar a su familia ya que encontró esta como la mejor opción. La niña enseguida dejó los lloros y parecía segura de la bondad de nuestro protagonista. Este se sentó junto a ella y le intento sacar el máximo posible de información para encontrar a algún familiar o en caso de que no los tuviera dirigirse a la policía. Allí llegó su sorpresa al oír los apellidos de aquella dulce niña.
No era una chiquilla cualquiera, era su única nieta a la que tanto deseaba ver y por fin después de llevar tantos años distanciados había encontrado.
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