BARCELONA (Barcelona)
Los Límites de la Perfección
3 Abril 2008 19:10
Era un miércoles cualquiera. Pero el día no había ido como a Sara le hubiera gustado.
Una vez más, su tutora, le había repetido que su problema era la búsqueda a todas horas de la perfección. No era ni la primera vez ni la primera persona que se lo decía. Pero las clases habían acabado y ella se dirigía al estudio de baile. El baile era su gran pasión, desde los seis años se había dedicado a él. Destacaba sobre todo en danza clásica, ballet. Esta era la causa de su actitud extremadamente perfeccionista.
Sara sabía que después de cruzar la puerta del estudio de danza, cualquier problema quedaría atrás, aunque ese día hubiera sido mejor irse a casa. Su rendimiento no iba a ser del 100% , sin embargo si quería mejorar su técnica debía llegar a la perfección, y para alcanzarla era necesario practicar.
A ella no se le podía considerar una chica sociable, y por eso no tenía muchas, o ninguna amistad en clase. Ya se había acostumbrado a esta situación, aunque cada mañana lamentaba tener que ir al colegio porque sabía que allí no le esperaba nada bueno.
Estaba practicando cuando de pronto en uno de los movimientos, su rodilla falló y se calló al suelo. El dolor era insoportable y Sara se dio cuenta de que aquello podía ser grave. De nada le sirvió el hielo ni los masajes que le hicieron. Cuando llegó al médico el diagnóstico fue claro: rotura de menisco, cuatro meses sin bailar. El mundo se le vino abajo. Tendría que aprender a vivir sin el baile, y no se veía capaz.
Como en la escuela no tenía muchos amigos y si ya de por sí se veía infeliz, este problema aumentaba por segundos. Sin baile solo le quedaba confiar en alguien dispuesto a ayudarla.
Se fue a casa con el ánimo por los suelos y con una semana de reposo absoluto por delante en la que no se podría sacar de la cabeza su situación. Los días pasaron y cada vez que sonaba el teléfono Sara no podía evitar cogerlo con grandes esperanzas de que fuera algún compañero, aunque nunca era así, y como mucho eran familiares. Hasta que el quinto día volvió a sonar pero Sara, ya sin esperanzas se negó descolgarlo. Al cabo de unos segundos alguien llamó a su puerta, era su madre que le decía:
- Sara, es para ti, un compañero de clase.
A Sara se le iluminó el rostro.
Una vez más, su tutora, le había repetido que su problema era la búsqueda a todas horas de la perfección. No era ni la primera vez ni la primera persona que se lo decía. Pero las clases habían acabado y ella se dirigía al estudio de baile. El baile era su gran pasión, desde los seis años se había dedicado a él. Destacaba sobre todo en danza clásica, ballet. Esta era la causa de su actitud extremadamente perfeccionista.
Sara sabía que después de cruzar la puerta del estudio de danza, cualquier problema quedaría atrás, aunque ese día hubiera sido mejor irse a casa. Su rendimiento no iba a ser del 100% , sin embargo si quería mejorar su técnica debía llegar a la perfección, y para alcanzarla era necesario practicar.
A ella no se le podía considerar una chica sociable, y por eso no tenía muchas, o ninguna amistad en clase. Ya se había acostumbrado a esta situación, aunque cada mañana lamentaba tener que ir al colegio porque sabía que allí no le esperaba nada bueno.
Estaba practicando cuando de pronto en uno de los movimientos, su rodilla falló y se calló al suelo. El dolor era insoportable y Sara se dio cuenta de que aquello podía ser grave. De nada le sirvió el hielo ni los masajes que le hicieron. Cuando llegó al médico el diagnóstico fue claro: rotura de menisco, cuatro meses sin bailar. El mundo se le vino abajo. Tendría que aprender a vivir sin el baile, y no se veía capaz.
Como en la escuela no tenía muchos amigos y si ya de por sí se veía infeliz, este problema aumentaba por segundos. Sin baile solo le quedaba confiar en alguien dispuesto a ayudarla.
Se fue a casa con el ánimo por los suelos y con una semana de reposo absoluto por delante en la que no se podría sacar de la cabeza su situación. Los días pasaron y cada vez que sonaba el teléfono Sara no podía evitar cogerlo con grandes esperanzas de que fuera algún compañero, aunque nunca era así, y como mucho eran familiares. Hasta que el quinto día volvió a sonar pero Sara, ya sin esperanzas se negó descolgarlo. Al cabo de unos segundos alguien llamó a su puerta, era su madre que le decía:
- Sara, es para ti, un compañero de clase.
A Sara se le iluminó el rostro.








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