VALLADOLID (Valladolid)
Fatídica noche
11 Abril 2008 14:22
Era un 7 de abril y, haciendo referencia al famoso proverbio, llovía a mares. Todo sucedió de repente, sin dar lugar a la razón ni la lógica. Tan solo actué por instinto, sin pensar en las consecuencias. Lo que siento, no se qué es exactamente. Remordimiento, temor, lástima… bueno, en realidad lástima no creo, aunque puede que odio, y cada minuto me arrepiento de lo sucedido.
Era ya noche cerrada, y en un pequeño callejón no había ni un alma. Por no haber, no había ni iluminación alguna. “¡Ah!” Me sobresalté. Era un gato. No sabría decir si era negro o se debía a tal oscuridad. Su agudo maullido me estremeció, y ayudado por la suave pero helada brisa de la noche, me puso los pelos de punta. Y así, sin esperarlo, alguien me sorprendió por detrás, tapándome los ojos. Yo, en un acto reflejo, actúe de una forma inesperada, tanto para mí como para quien tenía detrás.
Con mi mano en el bolso, buscando antes el teléfono móvil, cambié de objetivo y agarré el primer objeto punzante que palpé: unas tijeras. Os preguntaréis por qué llevaría tal cosa en el bolso. Es sencillo. Me gusta ayudar por las tardes a mi madre en la tienda. Es costurera, pero esa noche me fui de fiesta hasta tarde, sin pasar por casa. De modo que, con las tijeras bien firmes y sin dar tiempo a un contraataque, se las clavé en el estómago, sin que mediara la razón. Acto seguido, ya empezando a reaccionar, le miré a los ojos…
Era ya noche cerrada, y en un pequeño callejón no había ni un alma. Por no haber, no había ni iluminación alguna. “¡Ah!” Me sobresalté. Era un gato. No sabría decir si era negro o se debía a tal oscuridad. Su agudo maullido me estremeció, y ayudado por la suave pero helada brisa de la noche, me puso los pelos de punta. Y así, sin esperarlo, alguien me sorprendió por detrás, tapándome los ojos. Yo, en un acto reflejo, actúe de una forma inesperada, tanto para mí como para quien tenía detrás.
Con mi mano en el bolso, buscando antes el teléfono móvil, cambié de objetivo y agarré el primer objeto punzante que palpé: unas tijeras. Os preguntaréis por qué llevaría tal cosa en el bolso. Es sencillo. Me gusta ayudar por las tardes a mi madre en la tienda. Es costurera, pero esa noche me fui de fiesta hasta tarde, sin pasar por casa. De modo que, con las tijeras bien firmes y sin dar tiempo a un contraataque, se las clavé en el estómago, sin que mediara la razón. Acto seguido, ya empezando a reaccionar, le miré a los ojos…








Tags:


