Alii...!!,
COLEGIO SAGRADO CORAZON MM.MERCEDARIAS | 16 Diciembre 2007 18:53
El viento bramaba entre los árboles y arrancaba las pocas hojas verdes que quedaban. El agua gorgoteaba en los canalones del tejado y resbalaba por la ennegrecida fachada. La antigua mansión estaba oscura excepto por una ventana, de la que salía una luz titilante y cálida, diminuta en medio de la temible tormenta. Y yo estaba allí dentro, sentada a una gastada mesa de pino, con un lápiz en la mano y la mirada perdida. Sobre la mesa se extendían varias hojas de papel arrugado y las migajas de lo que había sido un trozo de tarta de Santiago. Una ráfaga de aire helado se coló por un resquicio y me hizo estremecerme. Aunque me costó un mundo, decidí levantarme y dirigirme a la cocina.
Mis padres habían salido de cena y yo estaba sola. Y como ocurría siempre que me quedaba sola de noche, tenía miedo. De haber estado en mi casa, habría puesto la televisión y la música a todo volumen para no sentirme sola, pero allí... Aquella mansión de novela, con manchas de humedad en las paredes, llena de ruidos fantasmagóricos no tenía más pasatiempos que un desafinado y quejumbroso piano y una radio de tiempos de maricastaña, un regalo de cumpleaños que hicieron a mi abuelo el año que acabó la carrera. Tenía que dedicarme a algo para matar el tiempo e ignorar los quejidos de las vigas y los aullidos del viento, y teniendo en cuenta las pocas opciones, me había decidido por lo que mejor se me daba: escribir. Hacía tiempo que tenía una idea en mente, una idea buena, pero sentía que faltaba algo o alguien para que todos los elementos cuajaran. Y hasta que no lo encontrara seguiría arrugando hojas, tachando párrafos y haciendo borrones.
Llegué a la cocina después de atravesar la casa, tratando de evitar mirar a los lados, esperando que en cualquier momento algo saltase hacia mí desde un rincón oscuro. Abrí las puertas de la alacena y me asomé al interior. ¿Dónde demonios estaban las tazas? Empecé a revolver los cacharros, pero el ruido no me impidió escuchar una voz aterciopelada a mis espaldas.
-¿Estás buscando algo?
Me di la vuelta de golpe. Él estaba de pie frente a mí. Su mirada me dejó helada, y en ese momento supe quién era. Una exclamación se escapó de mis labios al darme cuenta, pero él no pareció percatarse.
-Si quieres una taza, están en la vitrina de cerezo, a tu derecha.
Manuel Cadarso me sonrió, y yo le devolví el gesto tímidamente. Abrí la vitrina y saqué una bonita taza de porcelana. Estaba algo desconchada por el tiempo, y llena de polvo. Me di la vuelta enseguida, pero él ya no estaba. Me calenté y serví la leche y regresé al salón.
Me pasé toda esa noche escribiendo, sin percatarme del paso del tiempo, de que la tormenta amainaba y que el cielo empezaba a aclarar. Cuando llegaron mis padres guardé las hojas en un cajón, deje a Manuel a buen recaudo. Aquella tarde volvimos a casa. Pasó el tiempo, crecí y me olvidé de él.
Ayer volví por primera vez a aquella casa, después de años sin pisarla. Allí siempre hace frío. Fui a la cocina a prepararme un café, y cogí una vieja taza de porcelana de un armario. Mi pasado se me vino encima en un segundo. Busqué las hojas desesperadamente por toda la casa, pero no encontré nada. Yo había creado a Manuel Cadarso en una noche, y yo lo había destruido por culpa de una vida ocupada. Manuel Cadarso estaba hecho de jóvenes ilusiones, de sueños que jamás se llegaron a cumplir. Nunca me perdonaré su muerte, ni tendré el valor de hacerlo regresar.
Valoración
Original (0)
Profundo (1)
Como la vida misma (0)
Mola (0)
Divertido (0)