SANTA CRUZ DE MUDELA (Ciudad Real)
A trancas y barrancas
18 Abril 2008 13:05
Ramón se despertó el 7 de Enero a las 7 : 00 y pensó: "Hoy tengo que volver al curro". Se levantó, se dirigió al cuarto de baño, se ducho, se vistió, fue a la cocina, desayunó y salió a la calle.
Ya en la calle Ramón se dispuso a ir al trabajo. Para hacerlo tendría que cruzar varias manzanas, coger el metro, pasar unos edificios en construcción y al final llegaría a las oficinas donde trabajaba. Pero nada más ponerse en marcha un chupete le cayó en la cabeza desde la ventana del quinto. Entonces se oyó unos berridos dignos de una bestia de la jungla y la vecina del quintó se asomó por la ventana con el niño berreando en brazos, gritando que le subiese el chupete. Ramón podía haberse negado; después de todo tenía el tiempo justo para llegar al trabajo, pero los gritos y los llantos eran tan altos que la gente lo miraba como si hubiese hecho un crimen.
Con toda rapidez, Ramón subió al quinto, le entrego el chupete a la vecina, y volvió a la calle, esta vez corriendo.
Al final llego al metro sin muchos problemas (sin contar cuando le pisó la cola a un perro, que lo persigió hasta que le dió esquinazo), pero mientras bajaba por las escaleras tropezó con un mendigo y ambos bajaron rodando los últimos veinte metros de escalera.
Ramón salió ileso de la caida, pero el vagabundo empezó a gritar, blasfemar y a quejarse como si le hubiesen dado una paliza.
Ramón sospechaba que no era sincero (el había sufriso la misma caída y no le había pasado nada) y se disponía a dejarlo allí porque el metro estaba a punto de salir, pero los gritos del mendigo eran tan fuertes que la gente del metro, igual que la gente de la calle con lo del chupete, lo miraba como si hubiese matado al mendigo. Al final lo ayudo a levantarse, le pidió disculpas, le dió diez euros (fue lo único que lo izo callar) y salió disparado hacia el metro que estaba a punto de salir.
Por suerte pudo llegar a tiempo, pero la puerta se cerró justamente para pillar su chaqueta y desgarrarla.
"Empezamos bien el día" pensó.
Cuando el tren llegó a la estación en la que tenía que bajar, Ramón echó a correr porque según su reloj ya no le quedaba mucho tiempo para llegar a su hora. Pero al llegar a la zona de construcción tropezó con un tuvo que había tirado por allí y rodó por el suelo llenandose de barro y polvo de yeso.
Al final, agotado, sin dinero ni para el café, con la ropa echa un asco y hasta arriba de porquería llegó a las oficinas donde se encontró con un compañero que le dijo...
Ya en la calle Ramón se dispuso a ir al trabajo. Para hacerlo tendría que cruzar varias manzanas, coger el metro, pasar unos edificios en construcción y al final llegaría a las oficinas donde trabajaba. Pero nada más ponerse en marcha un chupete le cayó en la cabeza desde la ventana del quinto. Entonces se oyó unos berridos dignos de una bestia de la jungla y la vecina del quintó se asomó por la ventana con el niño berreando en brazos, gritando que le subiese el chupete. Ramón podía haberse negado; después de todo tenía el tiempo justo para llegar al trabajo, pero los gritos y los llantos eran tan altos que la gente lo miraba como si hubiese hecho un crimen.
Con toda rapidez, Ramón subió al quinto, le entrego el chupete a la vecina, y volvió a la calle, esta vez corriendo.
Al final llego al metro sin muchos problemas (sin contar cuando le pisó la cola a un perro, que lo persigió hasta que le dió esquinazo), pero mientras bajaba por las escaleras tropezó con un mendigo y ambos bajaron rodando los últimos veinte metros de escalera.
Ramón salió ileso de la caida, pero el vagabundo empezó a gritar, blasfemar y a quejarse como si le hubiesen dado una paliza.
Ramón sospechaba que no era sincero (el había sufriso la misma caída y no le había pasado nada) y se disponía a dejarlo allí porque el metro estaba a punto de salir, pero los gritos del mendigo eran tan fuertes que la gente del metro, igual que la gente de la calle con lo del chupete, lo miraba como si hubiese matado al mendigo. Al final lo ayudo a levantarse, le pidió disculpas, le dió diez euros (fue lo único que lo izo callar) y salió disparado hacia el metro que estaba a punto de salir.
Por suerte pudo llegar a tiempo, pero la puerta se cerró justamente para pillar su chaqueta y desgarrarla.
"Empezamos bien el día" pensó.
Cuando el tren llegó a la estación en la que tenía que bajar, Ramón echó a correr porque según su reloj ya no le quedaba mucho tiempo para llegar a su hora. Pero al llegar a la zona de construcción tropezó con un tuvo que había tirado por allí y rodó por el suelo llenandose de barro y polvo de yeso.
Al final, agotado, sin dinero ni para el café, con la ropa echa un asco y hasta arriba de porquería llegó a las oficinas donde se encontró con un compañero que le dijo...
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cómico










