EL ASTILLERO (Cantabria)
El señor de los inviernos
19 Diciembre 2007 09:25
Recuerdo a mi abuelo siempre sentado en su sillón de piel negra. Agitándose el pelo blanco, contemplando las viejas fotos de su juventud.
En su pecho lucía una enorme cicatriz, fruto de una operación de corazón. Él nunca se quejaba, pero a veces le dolía tanto que tenía que permanecer en el hospital muchos días.
Mi abuelo me contaba que el corazón se lo había arrancado un jinete que pasó por su pueblo, se batió en duelo con él y salió perdiendo. Su corazón estaba enterrado en la nieve. Me dijo que tal vez un día volvería para recuperarlo.
Yo le observaba con fascinación y pensaba que nadie podía tener un abuelo como el mío.
Su voz sonaba a película de televisión antigua. Me encantaba que me dedicara historias de invierno, le apasionaba el frío.
Siempre su cigarro encendido en la boca, hasta el mismo día en que regresó para recuperar su preciado corazón.
Me gustaban sus manos, ásperas pero a la vez tan suaves cuando me acariciaba el pelo.
Una vez me dijo que nunca se marcharía de mi lado, que jamás dejaría de llevarme de la mano por el parque, por eso grité al invierno para que me devolviera a mi abuelo cuando él se fue para coger su corazón.
-¡Llévame de la mano otra vez, abuelito!- lloré hasta quedarme sin respiración.
En su pecho lucía una enorme cicatriz, fruto de una operación de corazón. Él nunca se quejaba, pero a veces le dolía tanto que tenía que permanecer en el hospital muchos días.
Mi abuelo me contaba que el corazón se lo había arrancado un jinete que pasó por su pueblo, se batió en duelo con él y salió perdiendo. Su corazón estaba enterrado en la nieve. Me dijo que tal vez un día volvería para recuperarlo.
Yo le observaba con fascinación y pensaba que nadie podía tener un abuelo como el mío.
Su voz sonaba a película de televisión antigua. Me encantaba que me dedicara historias de invierno, le apasionaba el frío.
Siempre su cigarro encendido en la boca, hasta el mismo día en que regresó para recuperar su preciado corazón.
Me gustaban sus manos, ásperas pero a la vez tan suaves cuando me acariciaba el pelo.
Una vez me dijo que nunca se marcharía de mi lado, que jamás dejaría de llevarme de la mano por el parque, por eso grité al invierno para que me devolviera a mi abuelo cuando él se fue para coger su corazón.
-¡Llévame de la mano otra vez, abuelito!- lloré hasta quedarme sin respiración.








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