BARCELONA (Barcelona)
Daniel
21 Abril 2008 19:06
Daniel sentía un enorme vacío en su interior. Por primera vez en su vida, sus ojos se abrían ante la cruda y amarga realidad, haciéndole descubrir el verdadero significado de la soledad. Él mismo se había dejado caer y parecía que ya nadie quería ayudarle a levantarse de su dolorosa caída. La tristeza invadía su alma, apoderándose de él y haciéndole responder ante cualquier situación con violencia, ira y desesperación. él ya no sentía nada, no tenía ganas de continuar esforzándose para conseguir un destello de alegría en su mirada, una sonrisa, o algo que le hiciera sentir bien. Daniel se encontraba en un agujero abismal, negro, solitario, atormentador. En ese preciso instante se dio cuenta del daño que se había echo a sí mismo. Desde que comunicó a su familia que padecía una terrible adicción a las drogas, todo había dado un vuelco en su vida. Sus amigos querían ayudarle, pero a la vez no podían evitar sentir desconfianza hacia él. Su hermana, que nunca lo había apreciado, le miraba con asco, repugnancia y descaro. Y sus padres, lentamente dejaron de mirarlo con los mismos ojos ilusionados con los que cualquier madre mira a su querido hijo. Los días pasaban, Daniel acudía a un psicólogo, pero éste no le ayudaba. Nadie sabía que necesitaba, nadie entendía el porqué de su mirada apagada. Daniel cada día se encontraba más deprimido. Él sabía lo que necesitaba, algo que realmente ansiaba, un amigo fiel y leal en el que siempre siempre confiar, al que no le importaran sus gestos o su manera de vestir, una persona que se preocupara por cómo realmente se sentía.
Un viernes por la noche, cuando sus padres no estaban en casa, decidió escaparse. Podía haber cometido muchos errores, podía sentirse solo, e incluso podía era que su adicción no hubiera terminado aún, pero cada paso en falso le había ayudado a madurar y a saber qué hacer en cada caso. De esa manera, con la mochila en sus espaldas y el alma destrozada, dejó el hogar donde tan buenos y malos momentos había vivido.
Ahora, ante sus pasos se abrían infinidad de caminos a seguir, aprovechando las malas experiencias como guías para no cometer los mismos errores de nuevo. Daniel, con sólo dieciocho años, salía de su casa para no volver, en busca de algo o alguien que por fin le hiciera sentir bien.
Un viernes por la noche, cuando sus padres no estaban en casa, decidió escaparse. Podía haber cometido muchos errores, podía sentirse solo, e incluso podía era que su adicción no hubiera terminado aún, pero cada paso en falso le había ayudado a madurar y a saber qué hacer en cada caso. De esa manera, con la mochila en sus espaldas y el alma destrozada, dejó el hogar donde tan buenos y malos momentos había vivido.
Ahora, ante sus pasos se abrían infinidad de caminos a seguir, aprovechando las malas experiencias como guías para no cometer los mismos errores de nuevo. Daniel, con sólo dieciocho años, salía de su casa para no volver, en busca de algo o alguien que por fin le hiciera sentir bien.








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