GRANOLLERS (Barcelona)
El fuerte Petravista
24 Abril 2008 17:52
En un lugar llamado las Montañas Crestagrana, un grupo de cuatro individuos y una arañita, estaban descansando al lado de un lago. Eran Dirmon, Kelindil, Reinherd, Blasko y su pequeña arañita (que media un metro y veinte centímetros de largo), la cual se estaba dando un festín con los insectos del lugar. Reinherd, gracias a sus poderes druídicos, estaba transformado en una oscura pantera, para sentirse unido con la naturaleza. De golpe Dirmon se levanto extrañado, señalando un cartel, que por lo que parecía era de busca y captura, algo común por esos lugares. Fueron los cuatro (cinco) hacia el cartel, Reinherd ya en su forma de elfo de la noche, y observaron lo que ponía: “Se busca: Gath’Ilzogg”. Leyendo la descripción descubrieron que se trataba de un orco criminal que se encontraba en un castillo, el fuerte Petravista, no muy lejos de allí. Dirmon, al ser un paladín de la luz, no toleraba a los delincuentes, y por tanto los llevo a todos a rastras hasta acercarse al castillo, aunque con una fuerza enorme, a pesar de sus cortas patas de enano.
Antes de llegar ya se les activó a todos su sexto sentido, y ya dejaron de reír y de hacer bromas, pues sabían que la batalla iba a comenzar. Se escondieron entre los arbustos para observar el área en busca de algún peligro potencial, y de hecho, fuera del fuerte, encontraron a un orco que tenia mejor armadura que los demás, e iba escoltado por un guerrero orco y un mago, y todos se dispusieron a empezar la batalla. Dirmon y Blasko la esperaban con ansias, debido a su ímpetu enano. Cuando los tres orcos se apartaron de los demás que habían a la entrada, decidieron que era el momento. Kelindil y Reinherd, el último transformado ya en pantera de nuevo debido a las aptitudes sigilosas de este animal, se acercaron de forma que prácticamente eran invisibles, parecía que se habían fundido entre las sombras. Kelindil, con el mango de su daga encantada, le dio un duro golpe en la nuca al que parecía el protegido, y éste cayó al suelo ,KO, pero todos supieron que no por mucho tiempo, así que se dispusieron a entablar batalla rápidamente con los guardias. Reinherd se abalanzó sobre el mago por la espalda, y a base de zarpazos y mordiscos, le dejó medio muerto, aunque le perdonó la vida y le dejó huir, pues al ser un druida odiaba matar. Dirmon y la araña de Blasco avanzaron como locos hacia el guerrero, y antes de que llegaran, Blasco disparó a la cabeza del orco, pero éste rechazó la bala con su escudo, y por lo que parecía no sería tan fácil de vencer como había sucedido con el mago. En el momento en el que se cubrió la cara con el escudo, Dirmon sacó su maza, “Triturador de cobalto”, la cual desprendía mucho frío cuando la utilizaba, pues estaba encantada con los poderes de la escarcha. Le lanzó un golpe a las piernas que impactó de lleno, y le rompió la rótula derecha al orco. Éste no se amilanó, y por suerte, justo antes de que le clavara la espada al eufórico Dirmon, la araña de Blasko subió por la espalda del orco y le picó el cuello, y el orco cayó al suelo, inerte. Entonces el orco protegido se reanimó, pero Dirmon le estampó la maza en la cabeza sin la menor piedad (debido a que eran malvados orcos), quedando finalmente la cabeza del orco congelada por el encantamiento de su querida arma. Justo cuando el orco cayó muerto, el mago que Reinherd dejó libre volvió con dos compañeros más, los cuales estaban armados con ballestas. El mago lanzó un conjuro de rayos a Reinherd, que después de recibirlo cayó al suelo, y todos se temieron lo peor. Blasco disparó una bala encantada hacia el mago, y la bala le impactó de lleno en la cara, matando al mago. Dirmon se acercó a Reinherd, que debido al impacto de los rayos cesó su transformación en pantera. Puso su oreja en la boca de Reinherd, y al ver que no respiraba, empezó a rezar mientras colocaba sus manos en el pecho de Reinherd, y envió su propio espíritu al reino de los muertos para buscar a Reinherd y traerlo de vuelta de su muerte prematura. Mientras Dirmon intentaba resucitar a Reinherd, los demás contuvieron a los ballesteros, y Kelindil, esquivando los virotes mientras avanzaba, lanzó a uno de los dos orcos una daga arrojadiza con la rapidez de un rayo, y ésta derribó al orco, que se precipitó por un barranco que había al lado, muerto, y Kelindil, el pícaro, se dispuso a entablar combate con el segundo, aunque vio que la araña de Blasco ya se había encargado de él, así que todos se acercaron para ver como estaba Reinherd. Justo cuando Blasko y Kelindil se acercaron al lado de Dirmon, Reinherd abrió los ojos desmesuradamente y tragó una bocanada de aire, como si hubiera estado sin respirar mucho tiempo, y Dirmon les miró con orgullo, después de haber resucitado a un amigo, aunque por lo que parecía se había debilitado bastante, pues no era una hazaña vulgar resucitar a un muerto. Se dirigieron hacia el castillo, maldiciéndose por el tiempo malgastado con el orco de fuera, aunque no tristes pues sabían que habían librado al mundo de un mal, aunque fuera menor. Entraron al fuerte, y al entrar ya vieron lo difícil que sería, pues habían 3 orcos con pinta de gladiadores y armados con lanzas. Reinherd se abalanzó sobre el primero, y le arrancó la garganta de un mordisco, sin piedad alguna, pues a su pesar sabía que si lo dejaba vivir, volvería. Kelindil se acercó al segundo y empezó a lanzarle estocadas a pares, como si estuviera haciendo una danza mortal. Blasco disparó al tercero, pero éste esquivó la bala, y le pegó una patada a la araña de Blasko, pero ésta era muy resistente y no cesó en su empeño de, al menos, picarle la pierna. Dirmon, debilitado aunque no falto de ganas de luchar, le dio un mazazo con todas sus fuerzas en el pecho, y como si el orco se hubiera chocado contra una pared a 80 kilómetros por hora, fue enviado a cinco metros, hasta rebotar en una pared, medio congelado por el arma de Dirmon. Subieron y subieron (aunque Blasco se perdía cada dos por tres debido a su nulo sentido de la orientación), pues deducían que Gath’Ilzogg se encontraba en la parte más alta. Se encontraron con una decena de orcos, todos armados hasta los dientes, y ninguno novato en el arte de la lucha. Pero ninguno de los cuatro compañeros tampoco era novato en la batalla (de hecho todos eran más que veteranos, debido a que por ser Kelindil y Reinherd elfos oscuros y Blasko y Dirmon enanos, y estas dos razas eran muy longevas, habían luchado en más de un centenar de batallas), así que no se acobardaron, y pelearon con uñas y dientes (Reinherd más que ninguno, al ser una pantera) hasta llegar a lo alto del fuerte, donde todos agarraron a Dirmon para que aún no entrara , pero este seguía insistiendo y decía que quería “aplastar la cabeza de ese maloliente orco”, hasta que Blasco le pego una colleja y le dijo que se callara, pues primero debían observar si de hecho Gath’Ilzogg se encontraba allí como el cartel decía, y si estaba, querían ver lo protegido que estaba. Kelindil, experto en el arte del sigilo, se fundió de nuevo entre las sombras, para observar el estado de la sala superior, y abrió los ojos como platos al observar que la lado del orco más grande que había visto en su vida (que debía ser Gath’Ilzogg) se encontraba una pequeña, aunque sin duda peleona, cría de dragón. “¡Una cría de dragón rojo!” pensó, pues los dragones rojos eran las criaturas más temidas de todos los reinos, aunque le dio las gracias a cualquier dios que estuviera observándolo, pues era solo una cría. Se dio la vuelta y se acercó a sus tres compañeros para contarles lo que había visto, y incluso después de lo que había dicho, tuvieron que agarrar de nuevo a Dirmon para que no se abalanzara hacia aquél “estúpido orco”, y esta vez fue Reinherd que en su forma de pantera le la capa y le pegó un tirón, cayendo Dirmon al suelo. Reinherd, después de soltar una “risita” (pues al ser una pantera mas bien parecía un gruñido) se transformó en un enorme oso pardo, pues los osos, al tener más pelaje y la piel más resistente, aguantaría mejor cualquier bola de fuego, aunque fuera la de un dragón. Al fin, los cuatro, con un brillo especial en los ojos por la batalla que estaba apunto de empezar, entraron en la sala, a un grito de “¡Te voy a aplastar la cabeza, maldito orco pestilente!”. Adivinad quién dijo eso.
Antes de llegar ya se les activó a todos su sexto sentido, y ya dejaron de reír y de hacer bromas, pues sabían que la batalla iba a comenzar. Se escondieron entre los arbustos para observar el área en busca de algún peligro potencial, y de hecho, fuera del fuerte, encontraron a un orco que tenia mejor armadura que los demás, e iba escoltado por un guerrero orco y un mago, y todos se dispusieron a empezar la batalla. Dirmon y Blasko la esperaban con ansias, debido a su ímpetu enano. Cuando los tres orcos se apartaron de los demás que habían a la entrada, decidieron que era el momento. Kelindil y Reinherd, el último transformado ya en pantera de nuevo debido a las aptitudes sigilosas de este animal, se acercaron de forma que prácticamente eran invisibles, parecía que se habían fundido entre las sombras. Kelindil, con el mango de su daga encantada, le dio un duro golpe en la nuca al que parecía el protegido, y éste cayó al suelo ,KO, pero todos supieron que no por mucho tiempo, así que se dispusieron a entablar batalla rápidamente con los guardias. Reinherd se abalanzó sobre el mago por la espalda, y a base de zarpazos y mordiscos, le dejó medio muerto, aunque le perdonó la vida y le dejó huir, pues al ser un druida odiaba matar. Dirmon y la araña de Blasco avanzaron como locos hacia el guerrero, y antes de que llegaran, Blasco disparó a la cabeza del orco, pero éste rechazó la bala con su escudo, y por lo que parecía no sería tan fácil de vencer como había sucedido con el mago. En el momento en el que se cubrió la cara con el escudo, Dirmon sacó su maza, “Triturador de cobalto”, la cual desprendía mucho frío cuando la utilizaba, pues estaba encantada con los poderes de la escarcha. Le lanzó un golpe a las piernas que impactó de lleno, y le rompió la rótula derecha al orco. Éste no se amilanó, y por suerte, justo antes de que le clavara la espada al eufórico Dirmon, la araña de Blasko subió por la espalda del orco y le picó el cuello, y el orco cayó al suelo, inerte. Entonces el orco protegido se reanimó, pero Dirmon le estampó la maza en la cabeza sin la menor piedad (debido a que eran malvados orcos), quedando finalmente la cabeza del orco congelada por el encantamiento de su querida arma. Justo cuando el orco cayó muerto, el mago que Reinherd dejó libre volvió con dos compañeros más, los cuales estaban armados con ballestas. El mago lanzó un conjuro de rayos a Reinherd, que después de recibirlo cayó al suelo, y todos se temieron lo peor. Blasco disparó una bala encantada hacia el mago, y la bala le impactó de lleno en la cara, matando al mago. Dirmon se acercó a Reinherd, que debido al impacto de los rayos cesó su transformación en pantera. Puso su oreja en la boca de Reinherd, y al ver que no respiraba, empezó a rezar mientras colocaba sus manos en el pecho de Reinherd, y envió su propio espíritu al reino de los muertos para buscar a Reinherd y traerlo de vuelta de su muerte prematura. Mientras Dirmon intentaba resucitar a Reinherd, los demás contuvieron a los ballesteros, y Kelindil, esquivando los virotes mientras avanzaba, lanzó a uno de los dos orcos una daga arrojadiza con la rapidez de un rayo, y ésta derribó al orco, que se precipitó por un barranco que había al lado, muerto, y Kelindil, el pícaro, se dispuso a entablar combate con el segundo, aunque vio que la araña de Blasco ya se había encargado de él, así que todos se acercaron para ver como estaba Reinherd. Justo cuando Blasko y Kelindil se acercaron al lado de Dirmon, Reinherd abrió los ojos desmesuradamente y tragó una bocanada de aire, como si hubiera estado sin respirar mucho tiempo, y Dirmon les miró con orgullo, después de haber resucitado a un amigo, aunque por lo que parecía se había debilitado bastante, pues no era una hazaña vulgar resucitar a un muerto. Se dirigieron hacia el castillo, maldiciéndose por el tiempo malgastado con el orco de fuera, aunque no tristes pues sabían que habían librado al mundo de un mal, aunque fuera menor. Entraron al fuerte, y al entrar ya vieron lo difícil que sería, pues habían 3 orcos con pinta de gladiadores y armados con lanzas. Reinherd se abalanzó sobre el primero, y le arrancó la garganta de un mordisco, sin piedad alguna, pues a su pesar sabía que si lo dejaba vivir, volvería. Kelindil se acercó al segundo y empezó a lanzarle estocadas a pares, como si estuviera haciendo una danza mortal. Blasco disparó al tercero, pero éste esquivó la bala, y le pegó una patada a la araña de Blasko, pero ésta era muy resistente y no cesó en su empeño de, al menos, picarle la pierna. Dirmon, debilitado aunque no falto de ganas de luchar, le dio un mazazo con todas sus fuerzas en el pecho, y como si el orco se hubiera chocado contra una pared a 80 kilómetros por hora, fue enviado a cinco metros, hasta rebotar en una pared, medio congelado por el arma de Dirmon. Subieron y subieron (aunque Blasco se perdía cada dos por tres debido a su nulo sentido de la orientación), pues deducían que Gath’Ilzogg se encontraba en la parte más alta. Se encontraron con una decena de orcos, todos armados hasta los dientes, y ninguno novato en el arte de la lucha. Pero ninguno de los cuatro compañeros tampoco era novato en la batalla (de hecho todos eran más que veteranos, debido a que por ser Kelindil y Reinherd elfos oscuros y Blasko y Dirmon enanos, y estas dos razas eran muy longevas, habían luchado en más de un centenar de batallas), así que no se acobardaron, y pelearon con uñas y dientes (Reinherd más que ninguno, al ser una pantera) hasta llegar a lo alto del fuerte, donde todos agarraron a Dirmon para que aún no entrara , pero este seguía insistiendo y decía que quería “aplastar la cabeza de ese maloliente orco”, hasta que Blasco le pego una colleja y le dijo que se callara, pues primero debían observar si de hecho Gath’Ilzogg se encontraba allí como el cartel decía, y si estaba, querían ver lo protegido que estaba. Kelindil, experto en el arte del sigilo, se fundió de nuevo entre las sombras, para observar el estado de la sala superior, y abrió los ojos como platos al observar que la lado del orco más grande que había visto en su vida (que debía ser Gath’Ilzogg) se encontraba una pequeña, aunque sin duda peleona, cría de dragón. “¡Una cría de dragón rojo!” pensó, pues los dragones rojos eran las criaturas más temidas de todos los reinos, aunque le dio las gracias a cualquier dios que estuviera observándolo, pues era solo una cría. Se dio la vuelta y se acercó a sus tres compañeros para contarles lo que había visto, y incluso después de lo que había dicho, tuvieron que agarrar de nuevo a Dirmon para que no se abalanzara hacia aquél “estúpido orco”, y esta vez fue Reinherd que en su forma de pantera le la capa y le pegó un tirón, cayendo Dirmon al suelo. Reinherd, después de soltar una “risita” (pues al ser una pantera mas bien parecía un gruñido) se transformó en un enorme oso pardo, pues los osos, al tener más pelaje y la piel más resistente, aguantaría mejor cualquier bola de fuego, aunque fuera la de un dragón. Al fin, los cuatro, con un brillo especial en los ojos por la batalla que estaba apunto de empezar, entraron en la sala, a un grito de “¡Te voy a aplastar la cabeza, maldito orco pestilente!”. Adivinad quién dijo eso.








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