Ithar
IES SANTIAGO GRISOLIA
CUENCA (Cuenca)

Lucía

25 Abril 2008 01:00
Se levantó aquella mañana y alzó la cortina. Desde allí, veía las congeladas ramas de los desnudos árboles, las aceras mojadas por un rocío helado que empezaba a derretir. Era temprano, demasiado pronto como para encontrar a nadie paseando por las calles, sólo se apreciaban figuras moribundas, vestidas con viejos ropajes roídos y deseosos de encontrar algún café abierto para que alguna alma caritativa les invitase a algo caliente.
Bostezó mientras se estiraba y abrió la ventana, la invadió un frío estremecedor. Se miró en el espejo, los ojos cansados y las marcas de unas lágrimas finitas en su rostro reflejaban que había pasado la noche en vela hasta muy tarde. La soledad había dejado señales imborrables. Violentas magulladuras imperceptibles a la vista pero visibles ante cualquier alma con compasión. No se reconocía, antes no era así, hacía ya mucho tiempo que el reflejo que encontraba no era el mismo que veía antes de marcharse.
Le echaba de menos, sus manos, sus ojos miel, dulces. Aquella sonrisa con que la despertaba cada mañana, ya no estaba. Al despertar sólo encontraba cenizas de recuerdos, la cama se había convertido en algo demasiado grande para su abismo, ese que la invadía cada anochecer. La veía desde lejos, el pasado, acompañado con una melodía de guitarra, rasgada por unos dedos que antes acariciaban su espalda.
La había dejado sola demasiado pronto, no pasaba un día sin preguntarse si hubiese podido hacer algo pero ya conocía la respuesta. Anhelaba cada momento, su pelo ceniza, los besos, sus caricias recorriéndole la piel, ya no volverían. Se extinguieron todos en el mismo momento en el que expiró la fuerza, se apagó el candor fugaz de su mirada y ya nunca volvería. Ese tormento se apoderaba de sus rodillas, las nubes se tornaban en su cielo regalándole suspiros y lamentos. La amargura se había hecho compañera en su viaje ahora que él ya no estaba.
La sal en sus mejillas era un sabor que conocía demasiado bien, desde entonces cada noche era la misma. Se quedaba en la ventana dejando que los matices plateados de la luna bañaran su frágil cuerpo mientras recordaba, aferrada a su cigarro, el humo que antes compartían intentando imaginárselo a su lado, abrazándola, sintiendo su aliento detrás de su oreja hasta que los sollozos apagaban la llama de la imaginación y extinguía los alientos y aromas de su memoria. Entonces, sólo pensaba en el vil y cruel hado que lo había alejado de ella, para siempre. Se sumía en un llanto de madrugada, contagiando a la luna, se quedaba dormida y despertaba creyendo que había sido todo un sueño hasta que no lograba encontrarle.
Se vistió y recogió la casa después de fumar su cigarro y tomarse un café. Se abrigó con la bufanda y los guantes y salió de casa. Apenas si habían asomado los primeros tímidos rayos de sol cuando llegó a su librería. Abrió la puerta y encendió la calefacción en aquella fría mañana de invierno.
Hubo entrado en calor, llegó Miguel, su compañero de trabajo, el único capaz de hacerle olvidar su amargura. Le solía leer poemas en susurros. Un día, en la clandestinidad del pequeño almacén de la trastienda, con un fondo musical de una vieja canción a piano, cuando le susurraba un poema de Machado, sintieron que habían encontrado algo en sus miradas, algo que asustaba pero que hacía volar, entonces Lucía volvió a sentirse viva.
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lee, IES LAS NORIAS | 25 Abril 2008 09:36
que habían
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