BEADE (VIGO) (Pontevedra)
Vepris, la diosa del desamor
25 Abril 2008 18:39
Una flecha atravesó el cielo dejando tras de sí un destello de color rojo vivo. Su trayectoria era evidente, aunque atravesase unos frondosos rosales, entre ellos podía discernirse un claro entre las hojas que dejaba paso al rostro de un joven jardinero. La flecha dio en el blanco, a Cupido sólo le faltaba su segundo objetivo. Detrás de los rosales también se hallaba una bella campesina que concluía entusiasmada sus quehaceres diarios. Cupido desenfundó su arco, apuntó con su flecha a la moza y dejó que la cuerda impulsase al proyectil, haciendo que este volase como un pájaro y cruzase el corazón de la chica. Cupido se retiró pensando que había realizado una fantástica acción, sin embargo, lo que no supo es que la flecha había dejado sus efectos enamoradizos en una rosa que había cruzado antes de llegar a la campesina, provocando no más que un cálido efecto en el corazón de la joven.
Día a día la rosa esperaba ansiosamente la llegada del jardinero, y le dedicaba uno de sus mejores destellos, dejando que el jardinero dibujase una sonrisa en su rostro. Pero el griego no sentía nada por ella, sino por la ya nombrada campesina de la comarca. Un día, el jardinero quiso dedicarle su amor, para ello cortó la rosa ya que le parecía la más bella de todas, y se la llevó a su amada. Ella le esperaba al pié del anfiteatro y, cuando el chico le dio la rosa, la flor comprendió que no era amada como pensaba, de pronto sus pétalos a causa de su llanto se humedecieron como las bellas plantas de los estanques y el dolor creció en su interior de una manera tan apocalíptica que se tornó de abstracto a concreto con el nacimiento de una nueva diosa, Vepris, la diosa del desamor.
Con sus ojos llenos de odio se retiró y ascendió al Olimpo.
Día a día la rosa esperaba ansiosamente la llegada del jardinero, y le dedicaba uno de sus mejores destellos, dejando que el jardinero dibujase una sonrisa en su rostro. Pero el griego no sentía nada por ella, sino por la ya nombrada campesina de la comarca. Un día, el jardinero quiso dedicarle su amor, para ello cortó la rosa ya que le parecía la más bella de todas, y se la llevó a su amada. Ella le esperaba al pié del anfiteatro y, cuando el chico le dio la rosa, la flor comprendió que no era amada como pensaba, de pronto sus pétalos a causa de su llanto se humedecieron como las bellas plantas de los estanques y el dolor creció en su interior de una manera tan apocalíptica que se tornó de abstracto a concreto con el nacimiento de una nueva diosa, Vepris, la diosa del desamor.
Con sus ojos llenos de odio se retiró y ascendió al Olimpo.








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