beeux,
COLEGIO TERESIANO DEL PILAR | 29 Abril 2008 17:30
Cada mañana, el único pensamiento que le hacia levantarse de la cama, con ganas de luchar y esforzarse, era el de sus hermanos, junto con la idea de conseguir una vida mejor. Aunque sus condiciones de vida no eran muy agradables y lujosas, el simple hecho de disponer de un lugar donde pasar la noche, agua, aunque fuera fría, o algo que llevarse a la boca, les hacia sentirse afortunados, se tenían los unos a los otros, y con eso bastaba. Incluso por la mañana, en invierno, a pesar de la falta de calor y el roce del viento en sus cuerpos desnudos, debido a la ausencia de ventanas, produciendo un continuo castañeo entre tiriteos, sus ojos siempre resplandecían de alegría y su rostro, expresivo, transmitía toda dulzura posible.
La vida no había sido grata con ellos, su infancia había sido dura, no eran como los niños de su edad, no, tenían la madurez y la inteligencia de personas adultas.
Los mirabas y allí estaban ellos, el amor y el empeño personificados.
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Ximu,
ESCOLA SANT FELIP NERI | 29 Abril 2008 18:22
Pero al cabo de un par de años, la situación empezó a variar. Juan era cada vez más incapaz de mantener a sus dos hermanos, ya que ellos se iban haciendo mayores y sus necesidades resultaban cada vez más caras.
En estas condiciones, Juan recibió un día una visita tan inesperada como surrealista. Un peculiar personaje, que afirmó ser padre de un íntimo amigo de Alberto, se presentó en el domicilio de los tres hermanos e informó a Juan de su conocimiento sobre la delicada situación que éste estaba viviendo. Le dijo que él era el propietario de un local donde se acogía a niños huérfanos o cuyas famílias tenían serios problemas económicos y le ofreció la posibilidad de que Alberto y María acudieran allí hasta que fueran mayores de edad. Aseguró que no les faltaría de nada y que serían educados de una forma excelente. Añadió finalmente que su interés y, por lo tanto el motivo de su visita, era fruto de la empatía que le generaban los dos chicos (de quien dijo que “eran los niños más frescos, humildes y entrañables que nunca había conocido, pese a la dura situación que vivían”) y que, consecuentemente, el ingreso no le costaría “ni un duro”. Juan expresó su disconformidad respeto a que sus hermanos pasaran el resto de su infancia y adolescencia en un centro de acogida, pero el hombre no se dio por vencido e insistió de nuevo. Afirmó que el suyo no era un centro de acogida convencional y que todos los niños que salían de allí estaban perfectamente formados, tanto como personas, como estudiantes. Además el centro ofrecía la matrícula de la universidad gratuíta, en el caso que se quisiera cursar una carrera.
Tras consultarlo con sus dos hermanos y resignándose a pensar que no debía ser tan egoísta y que debía pensar más en ellos –ya que estaba convencido de que él nunca podría garantizarles una carrera universitaria–, Juan accedió a la oferta. Alberto y María ingresaron en el centro al cabo de tan solo tres semanas.
Allí pasaron dos años y sus resultados académicos eran excelentes. Además se habían integrado a la perfección y su comportamiento era ejemplar. Juan los veía a menudo y ellos mostraban siempre una felicidad que les iluminaba el rostro. Juan nunca los había visto tan contentos y este hecho lo hacía enormemente feliz por una parte, pero lo contrariaba por la otra. Sabía que a ellos les haría mucho más provecho la situación actual, pero, no obstante, era incapaz de evitar la añoranza que sentía y la soledad que se iba adueñando de su día a día.
Alberto y María lo veían cada vez más triste y eso les preocupaba. Así pués, tras hablarlo y discutirlo entre ellos y el dueño del centro de acogida, decidieron darle una alegría a su hermano, que siempre lo había dado todo por ellos. Un día, Juan recibió una carta donde le informaban de que a sus dos hermanos se les había presentado una oportunidad magnífica para contribuir en su formación, que no podían dejarla perder y que debían abandonar el centro. Juan pensó que tal vez tuiveran que marcharse a Francia o Inglaterra a realizar un intercambio o a ampliar sus estudios. Qué orgulloso se sentía de ellos. Pero, sin embargo, qué lejos llegaban. Y él había sido incapaz de seguirlos. Consecuentemente estaría siempre atrapado en su trabajo actual y lejos de sus hermanos. Un sentimiento de impotencia, tristeza y rabia se apoderó de él durante unas horas, hasta que el timbre de la puerta lo despertó de su espiral de complejos pensamientos contradictorios. Su triste expresión se transformó al abrir la puerta. Sus mejillas dibujaron una enorme sonrisa en su rostro cuando contempló a sus dos hermanos saltando para abrazarle. «¡Alberto! ¡María! ¡Qué alegría veros! ¿Venis para despediros?» Dijo, cuando observó dos maletas en el rellano de la escalera. «¿Despedirnos? Si ya nos hemos despedido.» Dijo María en un entrañable tono irónico. «¿Cómo?¿Pero no os vays a París o a Londres?...» «¿París? ¿Londres? Uy, hermano… Que me parece que no entiendes nada. Nuestra ausencia no te sienta bien, eh!» Juan estaba absolutamente perdido. Incrédulo, prosiguió: «Pero, si no os vays y ya os habeis despedido, ¿qué haceis aquí?» «Pués venimos para quedarnos, hermanito.» Juan no daba crédito a lo que oía. Tras una pausa para asimilar las palabras de sus hermanos, seguía sin podérselo creer «Pero, ¿y qué representa que significa esta “oportunidad magnífica que no podeis desaprovechar y que va a contribuir en vuestra formación”?» «Pues estar con nuestro hermano, la persona que más nos ha cuidado y que lo ha dado todo por nosotros, a quien no queremos ver triste… ¿No te parece “una oportunidad magnífica que no podemos desaprovechar y que va a contribuir en nuestra formación”? » Juan los abrazó tan fuerte que hasta les impedía respirar. Las lágrimas fluían por sus mejillas. En aquel momento estaba convencidísimo de ser la persona más feliz del mundo y que absolutamente nada ni nadie lograría cambiar esta sensación.
Y así convivieron los tres hermanos durante los años siguientes. Así penetró la felicidad en aquella humilde vivienda del barrio de Sants de Barcelona. Un ejemplo de que, con los sucesos y elementos más humildes y sencillos, los humanos somos capaces de ser felices. Simplemente hemos de ser capaces de valorar los pequeños detalles que poseemos y las cosas que realmente importan para que nuestra felicidad se desarrolle con toda su plenitud.
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