TARRAGONA (Tarragona)
Soledad
29 Abril 2008 19:31
En uno de los balcones de una casa señorial de campo, un niño lloraba bajo la lluvia. Rondaría los nueve años, y se abrazaba las rodillas,
temblando al ritmo de sus sollozos. Llevaba allí varias horas, esperando que las gotas que caían del cielo arrastraran sus miedos y
tristezas muy lejos de él.
Su padre le había separado de su mejor amiga ya que ella era de origen humilde, había quemado todos sus regalos -flores, dibujos,
barcos de madera hechos por ella misma...-, lo había castigado duramente y lo tenía encerrado en su cuarto.
No pudo evitar recordar con afecto los buenos momentos, y le entristeció pensar que nunca más volvería a vivir algo similar. Sin
embargo, todo eso dejó de importarle al aparecer en su mente su padre; la amargura se extendió por todos los rincones de su cuerpo:
le tenía miedo, le asustaba su presencia, su voz, sus manos demasiado fuertes para su frágil cuerpo.
El niño, de nombre Juan -como su padre, su abuelo, su bisabuelo y todos los herederos varones de la familia se habían llamado antes
que él-, se estremeció repentinamente, detuvo el llanto y se levantó titubeante. Se acercó a la barandilla a pasos cortos y se asomó,
mirando abajo. ¿Y si hacía como su madre? Su madre, la que se había marchado unos meses atrás de forma irremediable... y no se lo
reprochaba, teniendo en cuenta que había pasado mucho tiempo en compañía de su severo marido. Demasiado severo.
A él no le quedaba nada; su madre estaba muerta, a sus hermanas se las había llevado una devastadora enfermedad, su amiga tenía
prohibido siquiera acercarse a la casa y su padre no era nada más que una amenaza. Exceptuando a ésas personas, no conocía apenas
nadie más, pues en ésa época, la vida para un niño de buena familia era sinónimo de aislamiento.
Negó con la cabeza y entró al interior de la fría habitación. Nunca supo si fue por miedo a saltar o por el valor de seguir viviendo,
pero para bien o para mal eligió continuar, y la vida de Juan es una historia que merece la pena ser contada...
temblando al ritmo de sus sollozos. Llevaba allí varias horas, esperando que las gotas que caían del cielo arrastraran sus miedos y
tristezas muy lejos de él.
Su padre le había separado de su mejor amiga ya que ella era de origen humilde, había quemado todos sus regalos -flores, dibujos,
barcos de madera hechos por ella misma...-, lo había castigado duramente y lo tenía encerrado en su cuarto.
No pudo evitar recordar con afecto los buenos momentos, y le entristeció pensar que nunca más volvería a vivir algo similar. Sin
embargo, todo eso dejó de importarle al aparecer en su mente su padre; la amargura se extendió por todos los rincones de su cuerpo:
le tenía miedo, le asustaba su presencia, su voz, sus manos demasiado fuertes para su frágil cuerpo.
El niño, de nombre Juan -como su padre, su abuelo, su bisabuelo y todos los herederos varones de la familia se habían llamado antes
que él-, se estremeció repentinamente, detuvo el llanto y se levantó titubeante. Se acercó a la barandilla a pasos cortos y se asomó,
mirando abajo. ¿Y si hacía como su madre? Su madre, la que se había marchado unos meses atrás de forma irremediable... y no se lo
reprochaba, teniendo en cuenta que había pasado mucho tiempo en compañía de su severo marido. Demasiado severo.
A él no le quedaba nada; su madre estaba muerta, a sus hermanas se las había llevado una devastadora enfermedad, su amiga tenía
prohibido siquiera acercarse a la casa y su padre no era nada más que una amenaza. Exceptuando a ésas personas, no conocía apenas
nadie más, pues en ésa época, la vida para un niño de buena familia era sinónimo de aislamiento.
Negó con la cabeza y entró al interior de la fría habitación. Nunca supo si fue por miedo a saltar o por el valor de seguir viviendo,
pero para bien o para mal eligió continuar, y la vida de Juan es una historia que merece la pena ser contada...








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