AINHOA I.
JAKINTZA IKASTOLA
ORDIZIA (Guipuzcoa)

NUNCA PENSÉ QUE LLEGARÍA.

13 Mayo 2008 10:07
Nunca pensé que llegaría. Mis padres se enfadaban últimamente muy a menudo, pero normalmente el enfado entre ellos, no llegaba a durar más de unos tres días. Desde mi punto de vista, casi siempre el enfado era creado por auténticas chorradas. Y varias veces esas chorradas eran cometidas por mis hermanos y como no, por mí.
Pero esta vez, el cabreo parecía mucho más grave, ya que había pasado una semana y las palabras entre ellos seguían congeladas. Mi padre se había acomodado en el sofá, y las últimas 5 noches le ha tocado o ha elegido dormir en la soledad del salón.
Otras veces arreglaban el problema, y seguían adelante, pero el problema no se eliminaba, y esta vez apareció con gran fuerza. Entonces, pensé en ayudarles de alguna manera. Me pasó por la cabeza que podía hacerles un plan, ya que la cosa no podía ir peor. Entonces quedé con mi madre a las cinco de la tarde en la plaza del pueblo, diciendo que me tenía que ayudar a hacer un recado, e igualmente lo hice con mi padre. Realmente siguiendo lo que mi plan decía, yo no tenía que estar ahí, pero aparecí, aunque ellos no me viesen.
Mi padre apareció unos cinco minutos más tarde, como de costumbre. Y se acercó muy tímidamente hacia mi madre preguntándole por mí. Mi madre le dijo que no sabia dónde me encontraba, pero que debería de estar ahí ya que había quedado con ella. Mi padre le dijo que él quedó conmigo, y que por eso estaba allí. Enseguida se dieron cuenta de que había colaborado yo, y que sería porque no podría soportar verles así.
Mi padre aprovechó el momento, y le dijo que esta vez, él sabe que lo hizo mal, que se pone muy nervioso y que no controla lo que dice, y que intentará cambiar. Mi madre le respondió con una bonita sonrisa, o así se veía de donde me encontraba yo.
La verdad que esa noche, a la hora de cenar, se les veía mucho más juntos. Y a la mañana siguiente al levantar fui al salón y no se encontraba la manta que solía utilizar mi padre para dormir. Eso me hizo sentirme bien.
Parecía que el problema se había arreglado, y espero que no vuelva a aparecer.
Pero a la semana cuando pregunté a ver si podía salir este sábado a la noche, las respuestas de mis padres eran realmente diferentes.
Valoración
LAURA Z., JAKINTZA IKASTOLA | 21 Mayo 2008 15:14
La respuesta de mi madre fue breve: "haz lo que quieras, no tengo ganas de discutir"; mi padre en cambio, fue contundente: "estoy harto de tus tonterías, ¿no te das cuenta de que tengo cosas más importantes de las que preocuparme?. Me quedé de piedra, nunca había oído a mi padre hablarme así. Di media vuelta, y me dirijí a mi habitación, eran las 8 de la tarde y debido a la música y al cansancio acumulado, me quedé frita, hasta que un profundo sollozo me despertó derrepente. Era mi madre, y entre aquella angustia, logré entender algo: ¿Qué vamos a hacer? Lo hemos gastado todo, no sé si podremos aguantar al mes que viene a tu nuevo trabajo ...
No era posible, esa desesperación era más que por un apuro económico. Sabía que mi padre había dejado el trabajo para empezar en unos meses en otro mejor, pero no sabía nada más. Entoncés me acordé de algo que tenía guardado desde hacía mucho tiempo, era una tarjeta con un nombre y una dirección. Una mañana hace meses, al ir al colegio, un hombre se me acercó y entre alagos me dijo que era preciosa, y que en su agencia de modelos tendría miles de contratos. Nunca había mencionado nada de esto, pues se puede decir que odiaba que me miraran, y muchísimo más que me admiraran. Pero era lo único que se me ocurría en aquellos momentos, así que miré la dirección y con la mayor vergüenza que se puede imaginar, me planté allí. A lo lejos reconocí a aquel hombre, y se puede decir por su sonrisa que él a mi también. Estuvimos un largo rato hablando, y me animó a ver una de las sesiones de fotos. Me quedé pasmada, todo aquel montaje, el vestuario...todo era perfecto. No sé como pasó, pero en una semana era la imagen de una de las mejores fragancias de moda. Mis padres habían firmado el permiso, pese a lo mucho que les costó, y a las veces que habían releído el contrato. No paraba de recibir llamadas de managers interesados en mí. Había conseguido mi propósito, mi padre había empezado en su nuevo puesto, y no quería saber nada más de aquello que me seguía pareciendo un sueño.
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